Los lugares que habitamos influyen en nosotros, tanto por lo que vemos (paisaje, arquitectura, mobiliario) como por lo que no vemos (ondas electromagnéticas, energía telúrica, paisaje subterráneo). Y el cómo nos influye depende de la intensidad y de la calidad de la energía generada por estos factores visibles y no visibles.
El planeta cuenta con un sinfín de ambientes energéticos al igual que con una gran diversidad de ecosistemas. De manera natural, cada ser vivo busca acomodo en un habitat específico y también en un ambiente energético específico. Sin embargo, el ser humano, que ha perdido sensibilidad a la hora de valorar la calidad de un lugar, se instala donde sea, y con él instala a sus animales o pone sus cultivos. Hay algunos espacios en los que nos sentimos bien y otros en los que nos encontramos incómodos aunque no acertemos a saber el por qué de ello.
Cuando se da la circunstancia de que el lugar elegido no es el más apto para vivir o desarrollarse, pueden presentarse problemas como la desvitalización, la enfermedad, la agresividad, la falta de atención, la falta de respuesta inmune… lo que llamaríamos estrés geopático. Por ejemplo: